NYC

Arreglar con alguien para encontrarse en Canal St. no se puede hacer sin referencias del tipo “lado chino” o “lado italiano”, por no decir east o west. Lo aprendí de la mejor manera.
Era mi primera vez en New York y estaba muy entusiasmada con lo que me deparaba el viaje. La segunda vez que viajaba sola y que salía del país en avión (no olvido el Buquebus a Colonia con mi familia, mi primera vez en suelo extranjero).
No recuerdo cuánto te esperé en esa esquina, con Little Italy y Chinatown a un costado. Tenía ganas de verte y una sensación muy extraña a la vez. A uno lo puede desconcertar bastante una persona en un contexto que no le pertenece.
No llevé ningún libro para no distraerme. Bajé en algún momento para recorrer la estación. Me detuve ante un músico y recordé que vos tenías que llegar. Salí y todavía no estabas. Hacía un grado, tres como mucho. Eso no impidió que tuviera mis clásicas calzas negras. Se compensaba con mi enorme campera impermeable con polar y mi gran cantidad de pelo.
Te reconocí. Me costó un poco porque nunca te había visto sin barba y con pelo corto. Tu compromiso laboral, el verdadero motivo de tu viaje, te obligaba a este cambio de estilo. Me sentí tan reconfortada al ver que vos me buscabas, y cuando el semáforo me lo permitió crucé en diagonal a tu encuentro. Qué increíble vernos ahí. Nuestras sonrisas y el abrazo que nos dimos no podían compararse con los que hemos repartido en otros encuentros.
Volví a ir a Wall Street, en calma dominguera, no sin antes detenernos en la Trinity Church. Pasamos por donde supo estar el World Trade Center y almorzamos por la zona. Caminamos hasta el Central Park y nos mantuvimos abrazados mirando el círculo de Imagine, a la altura del Dakota. Volvimos a la infancia pasando por ese hotel para simular un grito con las manos en nuestras mejillas cual Mi pobre angelito e ingresamos al FAO Schwarz buscando el Grand Piano, que no era tan grande después de todo. Las perspectivas de la infancia y las tomas cinematográficas son engañosas. Tal vez la realidad lo sea, no lo sé.
Pasar por Steinway and Sons te iluminó la cara al igual que escuchar a la pianista en el Plaza. Merendamos en el Starbucks del Rockefeller Center, no sin antes comprar las entradas para mirar desde arriba la gran ciudad. Fuiste a hacer el pedido mientras yo trataba de conseguir una mesa y dos sillas libres. Aunque tardé un poco, logré mi cometido y tuve que negarme a varias personas que me pedían la silla que tenía vacía. Por suerte, llegaste a mi rescate. La subida fue increíble. El ascensor tenía un techo vidriado con un proyector y sin darte cuenta, salvo por el zumbido, ya estabas en la cima. El viento pegaba fuertísimo, pero eso no evitó que podamos disfrutar del paisaje. No quisimos, pero esa jornada llegó a su fin. Al día siguiente te embarcabas y yo tenía mi pasaje de vuelta. Caminamos un rato. No cenamos juntos. Nos despedimos en la puerta del Waldorf Astoria, aunque ninguno de los dos se hospedaba ahí. Para hacer que el día dure un poco más, tomamos el mismo subte y yo me bajé en Times Square. Estuve caminando por la calle hasta que volví al hotel, pensando en lo que nos depararía el futuro, tan lejano en ese momento.
Creo que dijimos de volverlo a hacer dentro de unos años. Si todavía no pasó es porque esperamos que sea casual, como en aquella tardía primavera porteña del 2011.

Nota: El presente relato forma parte del libro “Parsimonia” de María Belén Alfaro publicado en Buenos Aires, Argentina en 2016. Su publicación ha sido autorizada por la autora.

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.

Relaunchjulio 9, 2017
El gran día

FOLLOW US ON