El mascotismo como muestra de que está todo mal

Existe una aplicación para bajar al celular que se llama “Does The Dog Die?”, que califica a las películas según el hecho que haya un perro que muere o no en pantalla. Así, por ejemplo, “Sin lugar para los débiles” (otra genialidad de los Hermanos Cohen) tiene una mala reputación porque al protagonista le chumban un pitbull y el tipo lo liquida de un balazo. Poco importa que en el resto de la película un sicario reviente a personas inocentes según cómo caiga una moneda. No: el asunto está en que el pobre pichicho es ejecutado (¡y mostrada su ejecución!) cuando se iba a desayunar al vaquero.
El “supuesto amor a los animales” se ha convertido en un sentimiento socialmente valorado en las últimas décadas. Abundan los cartelitos en las redes sociales que trazan una línea entre los que alzan un cachorrito y los que no. Una mina en la calle y en condiciones normales no te respondería ni dónde para el bondi, pero es capaz de contarte su vida si están ambos en la plaza paseando un peludo.
El tema es cuestión de Estado en muchos países: George Bush volteó las Torres, invadió Iraq, llenó Guantánamo de morochos, pero se fotografía feliz con “Bartney”, un cuzco feo de raza indescifrable. Sube tres puntos la imagen positiva. Obama ordenó 7 bombardeos a poblaciones civiles pero paseaba a “Bo” (un perro de aguas portugués) por los jardines de la Casa Blanca. Te queremos, negro!. Hace 150 años que USA tiene un “perro presidencial”, pero Trump no tiene uno ni lo ha tenido nunca y el tema es un rompedero de cabeza para sus asesores. “Ok, Donald… puedes hacer el muro y hasta apretar el botón rojo… ¡pero no dejes de adoptar un cachorro!”.Nuestro Macri nos presentó a “Balcarce” (un cruza rescatado de la calle) sentado en el sillón del prócer homónimo. Y hasta un putañero como Berlusconi que favorecía el tráfico de mujeres (por eso de “sin mujeres no hay trata”) recibió la recomendación de mostrarse con animales y favorecer las campañas de adopción de perros para mejorar su imagen. Increíble.

El Homo sapiens pertenece al Reino Animal y como tal participa de relaciones bióticas. En el caso del Canis lupus familiaris es un mutualismo casi perfecto cuya historia es tan conocida que no la voy a repetir (de todas maneras recomiendo ver el segundo capítulo del nuevo “Cosmos”, donde Niel deGrass Tyson explica el asunto de maravilla). Ese mutualismo cazador-recolector/lobo, tuvo en sus inicios un beneficio para las dos especies. Para la nuestra sin dudas fue aprovechar los sentidos casi mágicos de los perros: el oído y el olfato, mientras que ellos se beneficiaron con nuestra inteligencia para la caza y los restos que les dejamos.

Pero al toque nomás, (“al toque” en lo que es una escala cósmica) la cagamos: empezamos a meter mano en lo que hasta el momento era la historia natural de estos animales y le transformamos el cuerpo. En los primero años de la “civilización”.unos 10 a 15 mil años atrás, aparecen por Asia los molosoides, perros de cráneo redondeado y nariz chata. Tal vez fueron seleccionados por simpatía ya que su aspecto de cachorros es muy similar al de un bebé (¿notaron?), para después ser utilizados en la guerra gracias a su porte. Ya para la Edad Media hay registro de 12 razas distintas. Actualmente, hay 450 razas oficializadas en el Kennel Club, más otras muchas no consideradas “puras”. Son muy pocas las que servirían para el mutualismo original entre Homos y Canis y esto es porque esa relación se ha desvirtuado. De un tiempo a esta parte, a las categorías utilitarias de “perro de caza”, “de rescate”, “de cuidado del ganado” y hasta “de trineo” se ha agregado una más: la “de compañía”.
Evidentemente esto responde a una tendencia moderna: el habitante medio de la ciudad no caza nada, no tiene ganado y menos trineo… pero NECESITA compañía. Después de todo, somos una especie social, en la compañía está la seguridad y el lugar en donde nos sentimos cómodos.

Lo terrible resulta cuando se tiene que ir a buscar esa pertenencia en una especie diferente. Esto es único en el Reino Animal. Siempre digo que lo que realmente tenemos que aprender de los demás animales no es el coraje de los leones, la memoria de los elefantes o la persistencia del pájaro carpintero. Esas no son virtudes, son estrategias evolutivas. Lo que es común a todas las especies es el apego natural a la propia especie y no a las otras. Los individuos se reconocen a sí mismos en el igual, el mono con el mono y la Gallina Pelotuda de Nueva Guinea con su semejante (si ellas existieran, claro).

Hay cantidad de gente que dice preferir a su perro que a las personas. Y no sólo lo dicen: lo piensan. Y no sólo lo piensan: hacen todo en consecuencia. Viven, respiran y programan el día por y para el perro. Un cliente me decía: “mi perro es el único que se alegra al verme”. Muchos me han dicho haber llorado más la muerte de su mascota que la de familiares cercanos. Estamos al horno, hermano.

Los animales de compañía se han convertido en sustitutos sociales y además en depósitos de lo que muchos piensan qué es lo bueno o qué es lo malo. Las películas que matan perros son malas, lo dice la app. Por otra parte, ni los partidos políticos, ni las religiones ni los clubes de fútbol hoy día “dan sin pedir nada a cambio” o muestran su “lealtad absoluta e incondicional”. Los perros si… o al menos eso creemos y al menos esos nos quieren hacer creer.

Porque como siempre estas creencias son apoyadas por el Mercado. El negocio del Mascotismo es un negoción, el uno de los pocos que viene creciendo en las últimas décadas, sin caídas aún en las peores crisis. Durante el 2016 movió en la Argentina más de 6.000 millones de pesos en alimento, zooterápicos y servicios. ¿Cómo no van a ser “lo mejor”, los mayores exponentes del “amor y la lealtad”, la mejor compañía para tu vida vacía de relaciones y contenido?.

Bueno es aclarar que los perros ni enterados de todo esto, eh? Ellos se limitan a SER, o sea, a existir. La ciencia ha demostrado los mismos encefalogramas en un perro viendo a su dueño que en una pareja enamorada y todo eso… pero ellos siguen de largo frente a esas cosas, no leyeron el paper.

Los guachos somos nosotros, que los usamos a ellos. Los usamos como un títere “de compañía”, una versión casta de una muñeca inflable o como una entidad más barata que Andrew, el robot de “El Hombre Bicentenario”. Los llenamos de adjetivos (fiel, amoroso, alegre, de caracter fuerte, etc) que tienen que ver más con una visión humana del comportamiento que con la conducta propia de los perros, que son mucho más simples. En definitiva: los humanizamos, proyectamos en ellos nuestras carencias, los elegimos como “compañeros” como “hijos” y hasta los untamos con un poco de pensamiento mágico elevándolos al grado de deidades.

El tema es que si nuestra impronta de especie se desvía tanto, digamos que esa estrategia evolutiva se aparta de las probabilidades de éxito (lo digo así para no usar el antipático término de “antinatural”). Nada bueno puede salir de eso. En primer lugar, porque no podemos tener una relación entre individuos (cualquiera sea el sexo, la raza o la especie) si estamos peleados con lo que somos. Es como en los libros de autoayuda, que al menos en esto la embocan: acéptate a tí mismo y todo eso.

Aceptarse es reconocerse, que podría leerse como “conocerse dos veces”. Dicen muchos posters de amor que si no te querés a vos, no podés querer a los otros. Y si tampoco conocés lo que sos, lo que proyectás en el de enfrente (en este caso, el Bobby) puede ser una gran confusión.

Y eso nos lleva al segundo punto, ese gran malentendido que son los perros. El proteccionismo gusta de usar el término “empatía”, hablan de ser empáticos con todos los seres vivientes. Empatía es la “capacidad cognitiva de percibir (en un contexto común) lo que otro ser puede sentir”. Muy bueno!! Eso le ayuda mucho a una especie social. Pero… ¿qué pasa cuando tu “capacidad cognitiva” no es tal y/o está contaminada por necesidades, carencias, prejuicios y hasta patologías?. Si odias a la humanidad, si sos un misántropo, cabe la posibilidad que tu cognición sea, digamos, algo poco confiable ¿Qué clase de empatía sería esa?. Ninguna.

Además, uno de los primeros requisitos para ser empático es CONOCER (otra vez) al otro. “Conocer” viene de “conocimiento”. Para hacerla corta: hay que saber, macho (o preguntarle a los que saben). Todo bien con tu voluntad empática con los perros, pero si la proyectas de la ignorancia sobre el verdadero comportamiento animal, entonces… empatía cero.

A esta altura dirás: “pobres bichos! Les aplastamos el cráneo, los alargamos y los encogimos, los atamos a carros, a caballos, a carreras, los alimentamos o no, los matamos o no y ahora resulta que los usamos como un bastón para nuestro vacío existencial”. Y si, más o menos así. Pero si me detengo en esto estaría pareciendo más preocupado por la otra especie que por la propia y la verdad que los que estamos necesitados de la famosa empatía somos nosotros.

Vivimos emparchando los vacíos en vez de enfrentarlos. Acatamos los mandatos de la Elite, principalmente en eso de ser solitarios aún rodeados de gente, de vivir disconformes y de ser consumistas. No se acepta nada que sea peligroso al Poder Establecido ni mucho menos revolucionario. De hecho no podés hacer una revolución teniendo un caniche a upa, te aviso. Yo no te sigo.

Los “animales de compañia” son un Prozac que nos dan esa falsa sensación de conexión con otro individuo y nos lleva flotando al escenario triste de Un Hombre Solo Hablando con Su Mascota. Qué casualidad: muy parecido a “Soy Leyenda”, interesante película en donde uno se pone triste porque muere una perra y casi toda la Humanidad.

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Relaunchjulio 9, 2017
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