Amor amarillo

Su sonrisa me hipnotizó más que un spot craneado por Durán Barba a una vecina de Recoleta. Entendía perfectamente la estética Pro, era prolijo, elegante y minimalista. Así como su ídolo, abusaba de las camisas celestes. Pero él tenía algo que lo distinguía del resto de los militantes, una simpatía perpetua. Fue eso lo que me enamoró. Provocaba en todo el mundo una fascinación. Era perfecto, más allá de su condición de ex modelo, era un hombre que deslumbraba.

 

Corría el año 2011 y el macrismo iba sumando adeptos en la ciudadanía. No era difícil superar una administración mediocre como la de Ibarra y Telerman. Para mi Joven Pro tampoco era complejo superar mis anteriores relaciones. Estaba maravillada por su gestión amorosa, por su constante romanticismo y su desbordante caballerosidad. Definitivamente, había depositado mi voto de confianza en él.

 

Vivía en carne propia el slogan de la campaña “Juntos venimos bien”. Juntos estábamos en un éxtasis constante, disfrutábamos de las mejores fiestas de la Ciudad, íbamos a los más exclusivos restaurantes, nos codeabamos con la crème de la crème, todo lo que hacíamos desbordaba perfección. ¿Quién no ha soñado con tener un amor ABC1?

 

Pero un día todo cambió. Todo cambió en el pabellón 6 de Costa Salguero mientras los minions celebraban la victoria de Mauricio por su segundo mandato en la Ciudad. Todo cambió entre globos de colores, con un catering de comida china que reformulaba el clásico tándem peronista del chori y la coca. Todo cambió escuchando a Gilda una vez más como la banda sonora de mis amores de búnker. Todo cambió entre cientos de militantes que intentaban festejar bailando cumbia sin haber pisado jamás el Conurbano.

 

En ese momento me di cuenta de que su perfección no era real. Era como una propaganda: brillante, feliz, rebosante de colores y alegría, pero ocultaba sus defectos de un modo que ni el mejor publicista hubiese podido lograrlo.  Fui consciente que mis reclamos en los últimos meses habían aumentado en forma acelerada como el gasto público en la Ciudad, que mis críticas a nuestra relación no habían sido tenidas en cuenta, que no me escuchaba. Negaba los conflictos del mismo modo en que el ministro de Educación había negado los problemas durante las tomas de los colegios secundarios de 2010. Y en las pocas situaciones en las cuales me daba la razón, todo terminaba como un promesa de campaña incumplida, más irrealizable que los “10 kilómetros de subte por año”.  

 

Mientras María Eugenia bailaba sobre el escenario, lo observaba y  todo me parecía cada vez más patético,pero sobre todo él. No iba a lograr renovar otro mandato en mi corazón. Y, repentinamente, decidí irme en el clímax de la celebración.

 
“Va a estar bueno Buenos Aires”, pensaba mientras me iba del búnker , va a estar bueno Buenos Aires para estar soltera y superar que a mi también me habían vendido globos. Su amor fue como el helio que los inflaba, etéreo, demasiado ligero. Su amor fue un amor amarillo.

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Relaunchjulio 9, 2017
El gran día

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